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Foto Arboles de Baobab en Senegal

Nuestra vida en el Campamento

Senegal (Parte II)

Nos despertábamos muy temprano, a eso de las 6am. Primera parada: la panadería del pueblo. Medio de transporte: una carroza y un caballo. Al pasar por el pueblo todos nos acechaban diciendo, en dialecto wolof, “blanco, blanco”. Muchos niños veían a personas de raza blanca por primera vez y eso representaba una mezcla de curiosidad y miedo para ellos. Me tocaban en los brazos para confirmar el material de que estábamos hechos y lo hacían muy rápidamente. Repetían las palabras que yo les decía en portugués y reían en unísono en seguida.  Pasábamos siempre en frente de una mezquita donde había muchos niños aprendiendo a decorar el Corán en tablas de madera. El profesor les gritaba para que no se levantaran cuando pasáramos pero era más fuerte que ellos; se acercaban, nos seguían hasta el campamento y nos espiaban todo el tiempo.

Después del desayuno, que era invariablemente constituido por baguete francesa, café, leche en polvo y nutella, subíamos a la van que nos llevaría a nuestro centro de salud. Estaba cerca de una ruta enorme de tierra roja, con varios baobabs centenarios cerca. Un calor insoportable. Cerca había también una escuela primaria hecha integralmente de ramos de árboles. La profesora, todos los días por la mañana, se ponía de guardia en frente a la escuela para que las cabras que pasaban en la carretera no se la comieran. “Que interesante” pensé: en Europa los profesores se preocupan con el bulling, con el impacto de Facebook en sus niños y aquí no dejar desaparecer la escuela es la prioridad. Me imaginé que solo alguien con gran persistencia podría aguantar tal adversidad. Y lo comprobé después. Aquella profesora se reveló una gran luchadora, defendía como nadie a su pueblo, a su gente… Ella misma había sido una figura primordial en convencer a la NGO Senegalesa, partner de nuestra NGO, para que ahí se construyera el centro de salud/maternidad. Enseñaba nociones de planificación familiar a sus alumnos, sobre todo a las niñas: criticaba la poligamia tan usual en el interior de Senegal y las incitaba a que fueran independientes, que estudiaran.  Varias veces vi casas ocupadas por un hombre y sus varias mujeres. Puede llegar hasta 7 si el hombre tiene condiciones financieras para dar el mismo nivel de vida a todas. Nunca vi ese extremo en el pueblo, pero un hombre con dos mujeres era algo bastante común. Las mujeres me decían que la religión lo permitía y que si su marido quería entonces había que hacerlo. En sus ojos se notaba mucha amargura. A nadie le gusta compartir el amor de su vida. Pero muchas mujeres convivían bien, lo encaraban de manera práctica. Cada una tenía 7 ú 8 hijos así que tener cuatro manos para tratar a todos no estaba tan mal.

Una vez que la construcción del centro de salud ya estaba finalizada, nos tocó hacer las pinturas de las puertas y ventanas y la limpieza general. Pero limpiar una casa nueva, no era muy bien visto en el pueblo, así que más o menos nos obligaron a dejar los gotas de pintura en el suelo y solo hacer una limpieza “light”, lo que para los parámetros occidentales es dejar todo sucio.

Al final de la mañana retornamos al campamento para comer algo y después empezaban las actividades culturales ofrecidas por el pueblo para nosotros: danza, música, corridas de caballo, luchas lamb –algo parecido a un wrestling arcaico– y desfiles variados ligados al campo, como la ceremonia para llamar la lluvia…

Ese primero día, antes de ir al campamento para almorzar, nos paramos en el camino para hacer una foto de grupo en un baobab enorme. Subimos al árbol y el conductor se ofreció para sacar la foto. Justo antes de retornar a la van llega un viejo que nos grita como si acabáramos de hacer el mayor crimen del mundo; sin entender preguntamos al conductor que hablaba un poco de inglés. Él se rió un poco y ha dicho: ustedes han subido al árbol sagrado del pueblo no se puede, hay que pedir disculpas. Después de 1 hora lost in translation, logramos retornar al campamento con la noción clara de que no deberíamos haber traído máquinas fotográficas ni ningún tipo de tecnología. Traer tecnología a aquel lugar es corromper aquella gente con una idea, muchas veces falsa, de facilidad de acceso a todo.

Pero así paso…

Abrazo,
Vagamundo Portugués

Acerca de Vagamundo Portugués

La sección “De Viaje con Vagamundo” es una colaboración de Vagamundo Portugués, apasionado admirador de Lisboa. Su nombre es Roberto, es independiente y audaz; viaja desde que empezó a ganar su primer sueldo en trabajos de verano, todavía adolescente. Tiene como grandes fuentes de inspiración a los navegantes portugueses del siglo XV que dieran a conocer nuevos países al mundo; al poeta Fernando Pessoa que, tímido y solitario, viajaba a partir de su dormitorio en Lisboa con su enorme poder de la imaginación y a sus padres, por el legado de valores y amor incondicional. Los viajes son una forma de conocer nuevas realidades, nuevas personas y eso ha contribuido en gran medida a su apertura de espíritu y aceptación del otro.

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